LA HISTORIA DE YHEENA


Ella era una niña. Cuando los esclavistas la sacaron de la choza en la que se había ocultado, quedó petrificada por el horror que la rodeaba. Alrededor del pozo había cuerpos de inertes, sobre los que lloraban las mujeres con grandes gritos. Los pocos hombres que habían quedado en el poblado estaban todos muertos. Los extranjeros la arrojaron junto a otras jóvenes. Buscó a su madre con la mirada desesperadamente pero no la encontró. Se resistió con fuerza, mordió al que la sujetaba, pataleó, pero todo fue inútil. Les forzaron a introducirse en unas jaulas sobre carros y se las llevaron de la sabana, para no volver. Cuando vio a su madre, gritaron hasta la afonía, pero no sirvió de nada.

Los gritos de sus tías, resonó en su cabeza otra noche más, y se despertó aterrorizada. Se acurrucó junto a Minam, y a Jeliah, deseando que su pesadilla acabara pronto. Aquellos mercaderes árabes parecían creer que ellas no eran personas, sólo mercancías destinadas a hombres opulentos y caprichosos. Sus sollozos despertaron a Minam, que era dos años mayor que ella.
—¿Yheena? ¿Otra vez estás llorando?
—No —Yheena se abrazo a ella, semidesnudas en la oscuridad de la noche—. ¿Por qué nos han raptado?¿A dónde nos llevan?
—A Fez. Nos llevan a Fez.
—Quiero a mi madre. Quiero que venga mi padre.
—Son mercaderes de la carne. Yheena, ahora estamos las dos solas. ¡Aún estamos juntas!
—¡No me dejes, Mimam!

Atravesaron en una caravana la inmensidad del desierto del Sahara, hasta Siyilmasa. Yheena no había visto nada igual, aquel mar de arena ardiente la dejó sin fuerzas y sin voluntad. En el oasis Jeliah dejó de existir, víctima de fiebres y de tristeza. Desde Siyilmasa, sobre carros ocultos con ropajes, llegaron a la ciudad imperial de Fez. Nunca había estado en una ciudad. No creía que pudiera existir tanta gente en el mundo, ni construcciones tan inmensas. El alminar verde rodeada de palomas de la mezquita Qaraouiyyin la sobrecogió cuando los almuédanos llamaron a la oración de la tarde.

Una mujer mayor la recibió y las introdujo por una puerta accesoria dentro de una casa anexa a la madraza. Otra sirvienta pagó a los hombres, que se marcharon. La vieja les llevó aparte, les quitó la ropa sin simuló y las inspeccionó, desnudas las dos niñas. Eran vírgenes. Estaban aterrorizadas.
—Escuchadme bien. Hasta ahora os han tratado bien, os dado comida y os han respetado. Si hacéis lo que os digo, viviréis. Si no, os arrojaremos a los soldados, donde no os tratarán tan bien —La vieja dio dos palmadas. Aparecieron tres sirvientas—. ¡Preparadlas para esta noche!
—¿Qué va a pasar? —gimió Yheena, mientras lavaban sus cuerpos de ébano con agua caliente y pefumada, y peinaban sus cabellos de rizos negros y ensortijados.
—Me temo lo peor —le respondió Minam, quien la cogió con la mano—. Nos van a hacer mujeres, a la fuerza.
—¡No!
—¡Calla! ¿Quieres que nos maten?

Subieron numerosas escaleras, y cuando las presentaron ante el imán Al-Hazziz, a Yheena le temblaron las piernas y se negó a entrar en la habitación. Aquello levantó la lujuria del imán, quien la señaló con la mano.
—Ella. Sólo ella. Tiene temor en los ojos, y eso me gusta.
—¡Minam! —gritó la joven cuando la encerraron con aquel hombre obeso.
—¡Sé fuerte! —le respondió Minam, desde el otro lado de la puerta, mientras se la llevaban a otra sala.
—No tengas miedo, no te haré daño. Tienes que ser buena. ¿Cómo te llamas?
—Yheena.
—Bebe de esta copa, Yheena. Sé buena. Bebe. Más —la niña cogió la copa que le ofrecía. Con un sobresalto se dio cuenta que no estaban solos. Una esclava empezó a tocar el laúd, con una tristeza infinita en la mirada —. Tu piel es tan tersa, Yheena. Eres una joven muy hermosa.
La bebida la mareó, haciéndole perder la voluntad con su sabor dulzón y penetrante. La llevó a la cama y la fue desnudando poco a poco. Yheena sentía como si fuera otra persona, como si otra mente controlara su cuerpo. Vio imágenes de la sabana, recordó las risas de su padre, los abrazos de su madre.
—Madre... —gimió, perdida en ensoñaciones de un mundo ilusorio.
Al-Hazziz se subió la chilaba, y se echó sobre ella. El dolor repentino de la penetración la hizo estremecerse.
—¡No!¡Déjame!
—Es tu destino. Es tu destino, ¡y yo soy tu nuevo señor!
Yheena, atontada por la droga, suplicó a los dioses que conocía que acudieran a su auxilio, y en ese momento entró en la estancia, rompiendo la puerta, un bebeber del desierto. La furia ardía en sus ojos. Los dioses habían escuchado sus ruegos.

Aquel león de las arenas se acercó al lecho perfumado con dos grandes pasos y con pasión vengativa abofeteó al imán arrojándolo al suelo, y le puso un cuchillo sobre su cuello grasiento. A los ojos de la niña parecía un semidios.
—Si dices algo morirás como un perro. ¡Marcháos! —dijo el guerrero hintata a las mujeres, que salieron corriendo de la habitación. Yheena huyó a la carrera a ocultarse en el cuarto donde estaba Minam. Se abrazó a ella
—¿Qué ha sucedido?
—¡Un ángel ha llegado a socorrernos!
Y cuando se enteró de que aquel hombre obeso y cruel había muerto se prometió que no olvidaría jamás al desconocido bereber que había dado una nueva oportunidad a sus vidas.


 


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